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Carmen Lyra: la palabra que interviene en el mundo
Escribió cuentos que todavía se leen en voz alta, fundó una escuela que cambió la manera de educar a la primera infancia y pagó con el exilio su compromiso político. Un recorrido por la obra y la vida de María Isabel Carvajal.

Hay escritoras a las que se recuerda por un libro. A Carmen Lyra se la suele recordar por uno, también: los Cuentos de mi tía Panchita, publicados en 1920. Pero detenerse ahí deja fuera casi todo lo demás. Detrás del seudónimo estaba María Isabel Carvajal, una maestra josefina que entendió la escritura, la enseñanza y la organización social como tres formas de una misma tarea: intervenir en el mundo que le tocó.
Una maestra que escribe
Nació en San José el 15 de enero de 1887, según la reseña biográfica de la Biblioteca Nacional. Se graduó como maestra normal en el Colegio Superior de Señoritas en 1904 y, de acuerdo con el Semanario Universidad, empezó a publicar apenas dos años después. Desde el principio, su escritura estuvo ligada a la infancia: en 1912 fundó junto con Lilia González San Selerín, una revista que la prensa universitaria describe como el primer periódico para la niñez de Costa Rica.
Ese mismo cruce entre literatura y pedagogía explica el lugar que ocupan los Cuentos de mi tía Panchita. Lyra recogió relatos de tradición oral y los fijó en una voz cercana, con humor y con el habla del país. El libro le dio reconocimiento fuera de Costa Rica y, según el Semanario Universidad, la oportunidad de formarse en educación preescolar en Europa, donde conoció la escuela de María Montessori.

Educar desde la primera infancia
A su regreso fundó y dirigió la Escuela Maternal Montessoriana, que la Biblioteca Nacional identifica como el primer centro de educación preescolar del país. Allí introdujo metodologías nuevas y, según la misma fuente, creó los primeros comedores escolares. La idea de fondo era sencilla y, para la época, radical: un niño con hambre no aprende, y la escuela también tiene que hacerse cargo de eso.
Su obra posterior muestra cómo esa mirada se fue ampliando. Títulos como Bananos y hombres y El grano de oro y el peón ponen la literatura frente al trabajo agrícola y las condiciones de quienes lo realizaban. La escritora de cuentos infantiles era también una observadora de la desigualdad.

Participar: la política como consecuencia
Su vida pública comenzó temprano, con la oposición a la dictadura de los Tinoco. En 1931 se unió al Partido Comunista de Costa Rica, del cual fue figura fundadora. Junto con Luisa González impulsó el Sindicato Único de Mujeres Trabajadoras, y participó en la creación del Patronato Nacional de la Infancia. En su caso, la militancia no aparece como una ruptura con la maestra y la escritora, sino como su continuación por otros medios.
Un niño con hambre no aprende, y la escuela también tiene que hacerse cargo de eso.
Ese compromiso tuvo un costo. Tras la guerra civil de 1948 salió al exilio en México. Enferma, pidió volver a Costa Rica y, según el Semanario Universidad, el gobierno de José Figueres Ferrer le negó el ingreso. Murió en México en mayo de 1949. Sus restos fueron trasladados al país el 20 de mayo y sepultados dos días después en el Cementerio General de San José, de acuerdo con la Biblioteca Nacional.

Lo que permanece
En 1976 fue declarada Benemérita de la Patria. Hoy su legado se custodia en la Biblioteca Nacional, que reúne documentos, fotografías y obras suyas en formato digital, y que en setiembre de 2024 le dedicó la exposición Aportes y memoria de una mujer revolucionaria, a 75 años de su muerte. La muestra incluyó objetos personales, como su máquina de escribir, junto a fotografías, artículos de prensa y collages de la artista Carolina Parra.
Leer a Carmen Lyra en el número piloto de Interperie no es un ejercicio de nostalgia. Su trayectoria plantea preguntas que siguen abiertas: qué responsabilidad tiene quien escribe, qué lugar ocupa la infancia en un proyecto de país y cuánto cuesta, todavía, decir lo que se piensa. Es una huella que cada generación vuelve a leer a su manera.
